Artículo. LOS LIBROS NO SUPERAN A LA ADOLESCENCIA.

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Interesante artículo del por qué los adolescentes dejan de leer…¿qué os parace?? ¿algún ejemplo en casa??

La industria de la literatura infantil y juvenil continúa creciendo. El sector editorial español facturó 323,5 millones con esta clase de libros en 2006, con un aumento de sus ventas del 14,8% respecto al ejercicio anterior (datos del Anuario de SM de 2006). Por su parte, el último barómetro de hábito de lectura y compra de libros, elaborado por la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), afirma que los niños de 13 años consumen una media de ocho libros al año, mientras que los jóvenes de 25, de uno a cuatro. ¿Qué motivos llevan a perder el hábito de lectura en el paso de la infancia a la vida adulta?
Para el escritor Rafael Chirbes (Tavernes de Valldigna, Valencia, 1949), quien ha participado recientemente en una campaña de animación lectora en Valencia, parte de la motivación es social. “Para los niños los libros son un mundo de fantasía, pero cuando llegan a la adolescencia muchos se dan de bruces con su entorno y se plantean para qué leer, ¿para ser parados más cultos?”. Chirbes identifica componentes de clase en la predisposición para la lectura. “En familias adineradas, está bien valorada y forma parte de su posición. Pero en otras clases no tiene una utilidad definida, aunque siempre hay rebeldes que se refugian en los libros”, afirma el escritor.
Por su parte, datos del estudio realizado en 2008 por la FGEE revelan la influencia del ambiente familiar. Por ejemplo, el 78,7% de los padres de los niños entre 10 y 13 años que se declaran lectores (el 85,3% del total) leen habitualmente. Además, en el 78,7% de los hogares españoles en los que hay niños menos de 6 años se dedica una media de 3 horas semanales a leer con ellos. Esta práctica va desapareciendo conforme los menores
crecen…[leer más]
Fuente: Periódico Público.es

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2 respuestas a Artículo. LOS LIBROS NO SUPERAN A LA ADOLESCENCIA.

  1. gatomico dice:

    Hola,sobre este particular….hay jóvenes que tienen otros estímulos mas atractivos que la lectura, consolas, pandilla etc; hay jóvenes que consideran la lectura algo mal visto en su entorno, otros la relacionan con las lecturas obligatorias del instituto, algo impuesto e incómodo, de lo que mejor olvidarse, otros los únicos libros que han visto en casa son la guia de teléfonos y otros no tienen economia o no son capaces de ir a ver que se cuece en la biblioteca del barrio.
    Pero tambien hay jóvenes que han visto leer en su entorno, que en vez de todo juguetes, en reyes caia algún libro, que sus padres han comentado lo bueno de tal o cual libro, recomendándoselo y les han acompañado a la biblioteca pública para que pierda el miedo y se suelten a buscar entre las estanterias, hay padres que se han tragado Harry Potter para poder comentarlo con los hijos; tambien hay jóvenes que en algún momento se han dado cuenta de que les falta algo, que tienen lagunas, que necesitan buscar información o pulirse, y otros que llegan exaustos tras cuatro horas de prácticas y cuatro teóricas en la universidad y van dejando las novelas para las vacaciones, en fín, que hay de todo; mi reflexión es: ¿como acompañamos los adultos esa iniciación a la lectura de los niños y jóvenes? ¿lo dejamos solo en manos de la escuela? ¿nos implicamos? ¿nos limitamos a dar importancia a la lectura solo en la infancia y les abandonamos a su suerte en la adolescencia? quizas valorando las respuestas de los adultos y padres descubramos las causas del problema.

  2. gatomico dice:

    Os envio este documento que me parece muy interesante sobre los jóvenes y sus valores, no es específico sobre lectura, pero creo que es revelador en muchos aspectos, es un poco largo pero merece la pena.sociedad el Estado es no confesional, como reza en nuestra Constitución, pero ni laico ni ateo; 3) el Gobierno actual va más allá de la no confesionalidad y parece querer imponer un laicismo – que en el fondo es otra religión, de substitución, la llamada “religión cívica” o nacional – que en Europa sólo Francia vive con el mismo radicalismo con el que algunos sueñan aquí, laicismo que la gran mayoría de la sociedad no demanda ni, probablemente, agradecería. Estos contrastes y contradicciones entre la sociedad, el Estado y el Gobierno hacen muy difícil la unanimidad, o al menos un consenso suficiente, en torno al núcleo de valores “duros” sobre el que pueda articularse una educación cívico-política necesaria y de acuerdo con la voluntad de todos.

    JOVENES Y VALORES CÍVICO-POLÍTICOS
    Juan González-Anleo1
    RESUMEN
    Los jóvenes se encuentran hoy ante una encrucijada socioeconómica y cultural que condiciona su forma de ser y de comportarse como ciudadanos. En este artículo se analizan los valores que impregnan la sociedad actual y su traducción en los jóvenes en particular. La educación cívico-política se presenta como una tarea urgente e importante, aunque todavía no hay un consenso sobre sus contenidos y cómo hacerla efectiva.
    Palabras clave: ciudadanía, derechos y deberes ciudadanos, educación para la ciudadanía, jóvenes, valores cívico-políticos.
    ABSTRACT
    Youngsters face nowadays a socio-economic and cultural crossroad having a large influence upon their habits and behaviour as citizens. In this article, the values of present day’s society and their influence on youngsters are analysed. Civic-political education is presented as an urgent, important task to focus on, despite a full agreement about its contents and implementation has not been reached yet.
    Key words: citizenship, citizens’ rights and obligations, citizenship education, youngsters, civic-political values.
    1. LA ENCRUCIJADA SOCIOECONÓMICA Y CULTURAL
    En la mayoría de las investigaciones sociológicas sobre la juventud española llama la atención su apatía política, su débil participación en grupos y movimientos de carácter social y la ausencia de una ética o cultura cívica, elementos esenciales de lo que llamamos ciudadanía. Hay que reconocer que los jóvenes españoles se encuentran hoy atrapados en una encerrona de difícil salida, en una trampa que condiciona muy seriamente la adquisición, vivencia y proyección en acción de los valores políticos que configuran esa ciudadanía. La trampa consiste en el enorme desfase entre la estructura socioeconómica neoliberal en la que estudian y trabajan y la cultura postmoderna que, en teoría, debería proporcionarles los medios para enfrentarse a la dureza de esa estructura.
    La estructura socioeconómica se proyecta en el empleo, el sueldo y el acceso a bienes y servicios de toda índole y, muy en primer lugar, en el acceso a una vivienda propia. Sin un empleo digno y estable, un sueldo adecuado y una vivienda al alcance de los jóvenes que desean fundar una familia, la emancipación juvenil es muy difícil y se aleja considerablemente en el tiempo. El resultado es, muchas veces, la frustración personal y lo que se conoce como “juventud prolongada”, que se resigna a seguir compartiendo el hogar familiar hasta los 30 años o más. Los jóvenes con un bajo nivel de estudios son, por descontado, los más perjudicados. La competencia por un buen empleo, un buen sueldo y una buena vivienda, o una vivienda, sin más, es durísima. Hay que poseer un temple bien forjado, virtudes “duras” como la fortaleza, la perseverancia, el trabajo duro, la pasión por la “obra bien hecha”, el culto a la excelencia… La educación y, en un sentido más amplio, la socialización, son los procesos encargados de proporcionar a los jóvenes esa “cultura”, hoy más necesaria que en otros momentos históricos, porque la estructura neoliberal es inflexible en sus exigencias.
    ¿Responde a esas exigencias la cultura postmoderna en la que viven los jóvenes hoy? No. Decididamente no. La cultura actual es blanda, de virtudes “débiles”, con una notable incapacidad para el compromiso, enervada por la permisividad y la complacencia, rasgos típicos de una generación mimada (=estropeada) por sus mayores, que no han tenido el coraje de decir “no” a sus hijos desde pequeños, siempre que era necesario. Una generación que, despojada de futuro, sin horizonte en que proyectar ilusiones, esfuerzos y ahorros, vive plenamente instalada en el vértigo de la diversión, una vez atendidas las exigencias del estudio o del trabajo. Y lo que es peor, sin tiempo ni espacio vital para el cultivo de otros valores, culturales, religiosos o políticos. (Hay minorías juveniles espléndidas, no lo olvidemos). Javier Elzo atribuye esta situación al síndrome del autismo social, al agotamiento físico y psicológico
    1 Catedrático de Sociología en la Universidad de Alcalá de Henares. Decano de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Universidad Pontificia de Salamanca.
    después de un largo fin de semana de 48 o más horas en las discotecas, el “botellón” o similares, extenuación personal que dificulta otras dedicaciones.
    La verdad, además, es que el repertorio español de valores es poco estimulante para los jóvenes. No se trata de un vacío de valores como se denuncia con frecuencia, nunca hay realmente vacío de valores porque ninguna sociedad puede subsistir sin valores que la impulsen y orienten a la acción y que sirvan de criterios de comportamiento y de toma de decisiones vitales. El problema hoy en nuestra sociedad es la esquizofrenia de valores, de la que ya había advertido, con otras palabras, Daniel Bell. En el ámbito económico, dominado por el neoliberalismo y un capitalismo salvaje, rigen los valores de eficacia, jerarquía, rendimiento, disciplina, cálculo y lucha por el triunfo socioeconómico personal. En el ámbito sociopolítico, priman los valores de solidaridad, participación, responsabilidad, descentramiento del propio yo y cierto sentido de piedad para los débiles. En el enfrentamiento entre ambos esquemas de valores, no hay que decir cuál lleva las de ganar.
    2. VALORES CULTURALES EN LA SOCIEDAD ESPAÑOLA
    La sociología española (Amando de Miguel, Francisco A. Orizo, Javier Elzo…) ha explorado esta “terra incognita” de los valores vigentes en la sociedad española, con resultados apasionantes, que voy a intentar sintetizar en los puntos siguientes:
    • En el proyecto educativo de nuestra sociedad predominan los valores o virtudes “blandos” frente a los “duros”. Lo han puesto de relieve las encuestas de Valores Europeos de 1980, 1990 y 2.000. Los españoles privilegian en la educación de los niños cualidades como la tolerancia, los buenos modales, la responsabilidad y la obediencia, frente a las cualidades relacionadas con la fortaleza: la disciplina, el trabajo duro, el espíritu de ahorro y la abnegación, que son precisamente los recomendados y exigidos por el sistema neoliberal.
    • Triunfa en la sociedad actual la permisividad social, entendida como la aceptación e incluso legitimación de comportamientos de dudosa moralidad, cuando no de inmoralidad manifiesta: el aborto, el divorcio, la eutanasia activa, el sexo libre, la prostitución, etc.
    • La victoria del valor “dinero” sobre todos los demás. Cuando se trata de la propia imagen el español coloca a la familia, el trabajo y la amistad por encima del dinero. Pero cuando se le invita a dibujar la imagen de los demás, la respuesta es inequívoca: el dinero por encima de todos los demás valores. Ni que decir tiene que la solidaridad y la religión ocupan en ambos casos los últimos lugares.
    • El “sistema de felicidad” que las popularísimas revistas del corazón propagan a los cuatro vientos, asegura García Roca, se basa en un cuadro de valores y contravalores en los que se confirma el predominio del valor “dinero” y de los valores individualistas y hedonistas, con una preocupante ausencia de los valores altruistas como la justicia y la solidaridad. Esta ausencia sugiere que los valores políticos, si aparecen en algún momento o en algún sector de la sociedad, los jóvenes, por ejemplo, van a sufrir la fuerte contaminación de aquellos valores marcados por el individualismo y el hedonismo. La lista de valores “descubiertos” por García Roca son éstos: la salud (física y psíquica) el dinero, (capacidad adquisitiva, nivel de vida), el placer, (bienestar corporal, erotismo) el éxito, el poder (político y/o económico), la imagen (buenas apariencias, atractivo personal), el amor (ser amado, sobre todo) y el conocimiento (estar bien informado).
    • El vacío de una ética ciudadana y pública, ya anunciado por las ausencias en el cuadro de valores del párrafo anterior, se hace patente en numerosos aspectos negativos de la vida ciudadana actual: la indisciplina viaria, el vandalismo callejero, el ruido insoportable en las zonas de diversión, la economía subterránea, el fraude fiscal en sus múltiples formas…

    3. VALORES Y ACTITUDES DE LOS JÓVENES
    Cuando en una sociedad se refuerzan mutuamente la ausencia o acusada debilidad de la ética cívica y la exaltación de los valores del “dinero” y del “éxito”, se libera en esa sociedad el monstruo de la corrupción que acaba apresando en sus redes a políticos, empresarios, jueces, administradores de la cosa pública, policías, alcaldes, concejales y hombres de negocios. No a todos, por supuesto, pero sí a los suficientes para que el ambiente moral de esa sociedad se vuelva irrespirable. Pocas sociedades se libran. Y uno de los efectos más nocivos de la corrupción es la desconfianza radical de los jóvenes en la política, en los políticos y, en general, en “los que mandan” en la vida pública. Esta desconfianza se alimenta, además, de dos valores o actitudes descubiertas en el mundo juvenil por los estudios sobre la juventud realizadas por la Fundación Santa María: el pragmatismo y la proxemia. El pragmatismo juvenil exige resultados prácticos a las instituciones, la Iglesia incluida. La proxemia valora la proximidad, la cercanía, la sencillez y apertura de las organizaciones y grupos que se ocupan directa o indirectamente de los jóvenes, desde la escuela a la parroquia.
    El pragmatismo y la proxemia condicionan negativamente la actitud de los jóvenes españoles ante la política. No son los únicos obstáculos. Hay que recordar aquí tres datos testarudos y reiterativos de las investigaciones recientes: el primero, la práctica desaparición de la política como aspecto importante de la vida juvenil; el segundo, la paupérrima implicación de los jóvenes en asociaciones y grupos juveniles; y el tercero, la baja valoración que hacen los chicos de las instituciones políticas en comparación con la del resto de las instituciones. Veamos estos tres puntos con mayor detalle.
    En 1994 la quinta parte de los jóvenes juzgaba la política muy o bastante importante, cinco años después era sólo un 16%. En ambas fechas, en una lista de 10, la política era el aspecto menos importante en la vida juvenil, muy por debajo de la familia, el trabajo, la amistad, el dinero, el ocio…, incluso de la religión. Y a mediados de los 90, la “corrupción de la vida política” era un problema social que preocupaba al 29% de los jóvenes españoles, y aunque esa preocupación ha ido cediendo en los años siguientes, no cabe duda de que la política está marcada con un estigma en el imaginario juvenil español.
    En general los jóvenes españoles estiman muy poco la pertenencia a grupos y asociaciones de todo tipo. Solo el déficit de Grecia es mayor que el nuestro en esta asignatura fundamental de la cultura ciudadana. “Jóvenes españoles 99”2 recogió estos porcentajes:
    • El 70% no pertenecen a ningún grupo o asociación.
    • El 12% pertenecen a asociaciones deportivas y el 6% a peñas de fiestas, cofradías y similares.
    • El 5,5% a asociaciones educativas, artísticas y culturales.
    • El 3,5% a grupos religiosos, el 3,5% a organizaciones benéficas, de ayuda a los demás, y el 1% a entidades de ayuda al Tercer Mundo.

    Partidos políticos y sindicatos no consiguen atraer más que un 0,8% de jóvenes cada uno. Parece que la juventud ha dicho no a la política, quizás por las razones arriba mencionadas. De hecho, el mismo estudio “Jóvenes españoles 99” cifra en 36% el porcentaje de jóvenes que en unas elecciones generales no votarían o lo harían en blanco, un porcentaje superior al de los adultos.
    La confianza en las instituciones es un valor fundamental en la construcción de una ciudadanía consistente y eficaz. Un Eurobarómetro de 1998 comparaba los niveles de confianza institucional en España y en el resto de Europa3. Llama la atención el que el índice de confianza de los españoles (= porcentaje de los que confían – porcentaje de los que desconfían) es positivo o ligeramente negativo en la mayor parte de las instituciones (ONG, ONU, Policía, Ejército, Unión Europea), y destacadamente negativo en las instituciones de carácter más político: Partidos Políticos (-50), Administración Pública (-15), Sistema judicial (-13) y Gobierno Nacional (-8). Sindicatos (-14). Cuando se interroga a los jóvenes los resultados apuntan en la misma dirección. La confianza resplandece a favor de las ONG, el sistema de enseñanza, la Policía, la UE y el Sistema de Seguridad Social, y se va apagando para la
    2 FUNDACIÓN SANTA MARÍA (1999). Jóvenes españoles 99, 477. Madrid.
    3 European Commission, 1998.
    Administración de la Justicia, el Parlamento de la Comunidad Autónoma y el del Estado, los Sindicatos, las FFAA y la Iglesia. Esta última sólo recibe el voto de confianza de un 29% de los jóvenes, frente al 75% que otorgan a las ONG4.
    Los jóvenes españoles no creen en la política, y el presentismo en el que viven instalados no contribuye precisamente a su popularidad en el mundo juvenil. El presentismo, cuyo símbolo más exacto es la noche (García Roca), posee un gran potencial movilizador de los jóvenes porque aparca la disciplina, suspende el tiempo, configura un mundo juvenil propio “limpio” de adultos, facilita la transgresión por la transgresión, herencia de la protesta juvenil de los 60, y tiene algo de magia, misterio y libertad frente a la rutina y la banalidad del día, que es sólo trabajo, estudio y dominación adulta. Pero el presentismo, y la noche, con todo su encanto, trae consigo un mensaje perverso: el futuro es amenaza, la política es mentira, hay que congelar las utopías y “vivir a tope”, que es lo único que tiene sentido.
    Hay un sector de los valores políticos especialmente erosionado por uno de los rasgos de la cultura juvenil (y adulta) que más preocupa a los educadores de la juventud: la permisividad.
    La permisividad nació de la victoria de la ética situacionista y relativista que caracteriza a la postmodernidad. De hecho 2 de cada 3 españoles declaran que “lo bueno y lo malo depende de las circunstancias del momento y la situación de la propia persona, que no hay líneas directrices sobre lo bueno y lo malo absolutamente claras y siempre aplicables”. Los sociólogos atribuyen su auge al triunfo del individualismo, del relativismo, del pluralismo cultural, de la libertad, y de una idea que en los años 60 se convirtió en convicción y, luego, en regla de oro de la sociedad occidental: la represión en todas sus variantes- religiosa, social, familiar y política – es la causa de los males del individuo y de la sociedad, ¡viva por tanto la tolerancia, el todo vale! La permisividad abarca desde el no rechazo hacia cualquiera que tenga ideas diferentes a las nuestras hasta la justificación de acciones en el campo de la moral personal, sexual y familiar (divorcio, aborto, relaciones sexuales libres…); en el campo de la moral y cultura cívica (admisión de sobornos, engaños en la declaración de impuestos, etc.) hasta llegar al terreno del desorden social (vandalismo, consumo de drogas, etc.).
    Los datos nos dicen que en todos los indicadores de tolerancia y permisividad, los españoles nos situamos por delante de la mayoría de los países europeos. En 1999 se observaron las siguientes tendencias:
    • aumentan las actitudes favorables a las rupturas de la vida y de la familia: divorcio, aborto, eutanasia, suicidio, homosexualidad, relaciones sexuales antes del matrimonio y prostitución. El omnipresente culto al cuerpo y la libre disposición del mismo están en la base de esta permisividad que va ganando cada vez más terreno en el mundo juvenil;
    • se ralentizan los avances de la permisividad en el área de la moral y de la cultura cívica y social, con la excepción de la adicción al hachís, que lleva camino de convertirse en una droga legitimada socialmente, no legalmente, e incluso antigua, ordinaria, suave y hasta con efectos terapéuticos. Lo que más se justifica en este terreno es el emborracharse y la mentira, que afecta seriamente a las relaciones interpersonales. Los jóvenes tienden también justificar el no pagar el billete en el transporte público, forma de desobediencia civil que probablemente, en bastantes casos, forma parte de la dinámica de juego juvenil. Pero a continuación figura otro comportamiento contra el orden social: el ruido nocturno de los fines de semana, que atenta contra los derechos de los ciudadanos que quieren descansar.

    4. DERECHOS Y DEBERES CIUDADANOS. LA ALERGIA AL COMPROMISO
    No puede dudarse de la apatía política y de la debilidad de los valores políticos de los jóvenes españoles. Y sin embargo, nunca en nuestra reciente historia las oportunidades de socialización de los jóvenes en una cultura cívica y en los valores de la ciudadanía han sido tan numerosas. El marco político de la sociedad española es plenamente democrático, pese a sus deficiencias. Los jóvenes reconocen que disfrutan de una gran libertad en prácticamente todos los ámbitos de la vida – familia, educación, política, religión… – con una sola excepción: el trabajo y el empleo. La libertad para asociarse, sobre todo para objetivos y actividades
    4 Jóvenes españoles 99, op. cit., 77.
    políticas, es muy desaprovechada por los jóvenes. Y, como ya se ha visto, los movimientos sociales, viejos y nuevos, tampoco atraen demasiado a los jóvenes, aunque en sus declaraciones aseguran en general que los estiman.
    . El “desierto de inversiones” de que habla Lipovetsky va ganando espacios antes fértiles: el matrimonio, la vida consagrada, el entusiasmo por las ideologías de tinte social y, como estamos viendo, la política. Sólo se salvan las ONG y organizaciones semejantes y de semejantes objetivos. Y les salva, probablemente, su esencial carácter benéfico, su carencia de burocracia – quizás sólo aparente en más de un caso-, su rechazo o, al menos, su desinterés por ocupar el poder, y la mayoritaria presencia de voluntarios en sus cuadros.
    En la alergia al compromiso, sobre todo al compromiso político, no hay que olvidar la influencia de dos factores más El primero es un efecto perverso del Estado del Bienestar –tan necesario y tan benéfico en sí mismo-, que ha ido creando involuntariamente en la mentalidad del hombre actual la creencia- más profunda y persistente que una mera idea u opinión- de que el ciudadano, por el mero hecho de serlo, es sujeto de derechos sin el necesario correlato de deberes5. Yankelovitch lo resumió en el silogismo del entitlement: “veo en mi entorno algo que me atrae, lo deseo vivamente, luego tengo derecho a ello”. El deseo como fuente de derechos. El segundo factor es el consumismo desbordante de los niños y los jóvenes, facilitado por el alto nivel de vida de las familias y por el deseo de los padres y de las madres de que “ellos” disfruten de lo que “nosotros” no pudimos disfrutar.
    Pero sin compromiso no hay ciudadano, hay sólo un consumidor más o menos disciplinado. Lo explica perfectamente Charles Handy6:
    “No obstante, sin un compromiso con alguien o algo más, no hay sentido de la responsabilidad hacia los demás, y sin sentido de la responsabilidad no hay moralidad (…). Ser ciudadano no significa mucho más que ser consumidor, dejando que los demás asuman decisiones que podemos tomar o dejar, o tomar para luego quejarnos. ¡Pago mis impuestos ¿no?! Fue la respuesta del presidente de una empresa cuando se le preguntó qué responsabilidad sentía hacia los miles de empleados que acababa de enviar al paro. Los impuestos, ahora, se consideran el medio de librarnos de nuestras responsabilidades hacia el resto de la comunidad (…). Puede que todo sea una respuesta racional ante un mundo caótico, pero resulta un mundo donde el barrio es una jungla, el extraño una bestia de quien hay que esconderse, y nuestro hogar una prisión privatizada”.
    5. LA EDUCACIÓN CÍVICO-POLÍTICA
    Educar en valores políticos y cívicos es una tarea erizada de dificultades7. Entre las más frecuentes cabe citar las que se refieren al contenido de dicha educación, es decir, a los aspectos y valores de la vida política, económica y social que debe incluir esa educación, a los principios educativos de la misma y a las líneas de fuerza sobre las cuales debe articularse; una segunda dificultad tiene que ver con las agencias educativas y sociales que deben encargarse de esa tarea: la escuela, ante todo, la familia, los movimientos culturales y educativos, las instituciones políticas locales…; la tercera dificultad procede de la forma y los medios de dicha educación. Veámoslas con mayor detalle:
    • Sobre el contenido de la educación cívico-política el problema es que no hay consenso entre los gestores de la educación, sean políticos o

    5 Es significativo en las noticias de prensa, el empleo abusivo del término “exigen” cuando informan sobre las demandas de todo tipo de bienes y de servicios – polideportivos, zonas verdes, hospitales, escuelas, guarderías, subvenciones, estaciones de metro, espacios de aparcamiento, paradas de autobús…- que vecinos, asociaciones, sindicatos, habitantes del municipio X, trabajadores de la empresa Z…- presentan monótonamente a la Administración, al Ayuntamiento o al mismo Gobierno. No se limitan a pedir, solicitar, rogar, demandar… sino que EXIGEN, porque al parecer tienen todo el derecho del mundo.
    6 HANDY, C. (1997). El espíritu hambriento, 82. Barcelona: Apóstrofe.
    7 ROMAN, J. (1995). “L’éducation des jeunes à la citoyenneté”, en Jeunes Citoyens. Quelle éducation pour quelle citoyenneté? 49-53. Paris: IEF.

    educadores. Se insiste demasiado en los aspectos políticos y jurídicos de la ciudadanía, confundiendo el ciudadano con el “hombre con derecho a voto en las elecciones”. Pero la ciudadanía va mucho más allá, es multidimensional, incluye la ciudadanía económica (derechos y deberes de los trabajadores, hombres de empresa y consumidores), la ciudadanía social, que se interesa específicamente por el comportamiento individual y su incidencia en el ámbito social (salud pública, protección del medio ambiente, violencia y agresión, degradación de los bienes públicos, comportamiento de los conductores, cortesía y educación, etc), y la ciudadanía cultural, con una referencia especial al problema del laicismo y de la libertad religiosa, cuyo difícil equilibrio ha puesto de manifiesto en Francia el problema del velo islámico.
    • Las agencias e instituciones encargadas de esta transmisión cultural de los valores, normas y prácticas de la ciudadanía son bien conocidas: la escuela, la familia, las asociaciones culturales, etc., pero es a veces ignorada en la práctica la gran distancia cultural que está produciéndose entre ellas y los jóvenes. Las investigaciones sobre la juventud española han dejado bien claro que, con la eventual excepción de la familia, las agencias o grupos que trasmiten valores y principios a los jóvenes poseen una fuerza más bien modesta en sus esfuerzos para comunicarse con ellos y proponerles mensajes de sentido. Son los amigos y la calle los auténticos forjadores de ideas-madre en la juventud, junto con la creciente influencia de los MCM, y la ya reconocida de la familia. Es muy inquietante que la escuela sólo figure en quinto lugar en la lista de “lugares donde se dicen las cosas más importantes sobre las ideas e interpretaciones del mundo”, después de la familia, los amigos, los MCM y los libros, eso sí, por delante de la Iglesia, a la que sólo cita el 3% de los jóvenes consultados en el trabajo “Jóvenes españoles 99”, de la Fundación Santa María8. Esta distancia entre las agencias de socialización y los jóvenes se traduce en creciente dificultad de comunicación entre éstos y los adultos, sobre todo, en espacios sociales marcados por la exclusión social.
    • Las formas y medios de transmisión de valores cívico-políticos a los jóvenes plantean dos dificultades importantes. En primer lugar, aunque hay unanimidad teórica sobre la importancia que para la transmisión a los jóvenes de valores cívico-políticos tienen las estructuras de participación en la escuela y las organizaciones de carácter político orientadas a los jóvenes, muy en especial en el ámbito local, los estudios sobre la enseñanza realizados en España apenas se han interesado por este tema. Hay datos valiosos sobre cuestiones muy concretas, como la presencia de “objetores escolares”, sobre todo en la ESO; los problemas frecuentes de indisciplina e incluso de violencia; el desinterés práctico de los padres de los alumnos, por la marcha del centro educativo de sus hijos; el bajo nivel de resultados académicos en las comparaciones internacionales; etc. Pero esos estudios no se han preocupado en general por esas estructuras de participación estudiantil que son la base de la socialización en valores cívicos y políticos. En segundo lugar, hay que mencionar como problema añadido la falta de consenso sobre el perfil de la transmisión de los valores de la ciudadanía. La educación cívica transversal -un “cuento chino,” en opinión de Fernando Savater9 – adolece de varios fallos: la imparten esporádicamente profesores no específicamente preparados, se deja a la buena voluntad de esos profesores, se acaba reduciendo a presentar ejemplos moralizantes, a lo largo de las asignaturas, etc.

    En el fondo de todos estos problemas y deficiencias late una cuestión que la sociedad española no ha conseguido resolver y que me atrevería a proponer en los siguientes términos: 1) somos una sociedad en la que la mayoría se declaran católicos, y aunque sólo un tercio
    8 Jóvenes españoles 99, op. cit., 295.
    9 SAVATER, F. (2005). “Educación cívica ¿transversal o atravesada?”. El País. Día 1 de Marzo.
    escaso asiste regularmente a la iglesia, gran parte del país vive un catolicismo popular, de masas, difuso pero real y fundado en una tradición de profundas raíces; 2) en esa sociedad el Estado es no confesional, como reza en nuestra Constitución, pero ni laico ni ateo; 3) el Gobierno actual va más allá de la no confesionalidad y parece querer imponer un laicismo – que en el fondo es otra religión, de substitución, la llamada “religión cívica” o nacional – que en Europa sólo Francia vive con el mismo radicalismo con el que algunos sueñan aquí, laicismo que la gran mayoría de la sociedad no demanda ni, probablemente, agradecería. Estos contrastes y contradicciones entre la sociedad, el Estado y el Gobierno hacen muy difícil la unanimidad, o al menos un consenso suficiente, en torno al núcleo de valores “duros” sobre el que pueda articularse una educación cívico-política necesaria y de acuerdo con la voluntad de todos.

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